Siempre he defendido que todo aquello que no pueda protegerse a sí mismo debería ser amparado por la sociedad. Niños, personas con ciertas discapacidades, personas en situaciones difíciles, el medio ambiente y, por supuesto, los animales. Unos se decantan por unos y otros intentamos aportar nuestro granito de arena con aquellos que sentimos que más necesitan nuestra ayuda por ser olvidados por su propia condición. El mío es este: era casa de acogida en la Asociación La Madriguera.
Ser casa de acogida es una experiencia que no se puede describir. Das la oportunidad de que un animal, sea cual sea, salga de una perrera, sea recogido de la carretera o rescatado de las manos de un ser desalmado. Se le da la bienvenida a su nueva vida donde se le va a buscar una casa donde realmente esté cuidado y sea querido.
Para ser casa de acogida hay que estar preparado para muchas cosas. Preparado para cuando te dicen que tiene un pretendiente, un futuro adoptante. Preparado para cuando se lo llevan. Preparado para dar la bienvenida a otro. Preparado para enfrentarte al sentimiento que pueda tener el animal de abandono aunque va a ser el mimado en una nueva casa. Preparado para dejarle ir. Sin embargo, uno no está preparado para verlos morir. Se les coge cariño y cuando lo dejas marchar te esperas que va a tener un buen futuro, igual que el que tienen Mercucho y Niza conmigo. Pero el destino es ciertamente cruel porque se lleva a los buenos, a los pacientes y a los más queridos.
En esos momentos te pesa la decisión pero sabes que ha estado tan bien en casa que al menos ha sido feliz una temporada.
Aunque se haya ido, tienes que pensar en lo bien que vosotros los cuidasteis y lo que disfrutaba con esas caricias, la vida es asi....
Le disteis muy buenos momentos y el seguro ke os lo agradece.
¿Quieres escribir un comentario? pues por favor, rellena los campos obligatorios.